La cachetada que todos aplaudieron en silencio
Por: John Navarrete
Martín Mesa Paredes no recibió una cachetada. Recibió un mensaje.
Un mensaje enviado por Jhon Jairo Torres, exalcalde de Yopal, con la mano abierta pero con una intención bien calculada: que un periodista sepa cuál es su lugar cuando se atreve a incomodar a quien se cree intocable. La agresión física fue el gesto visible. Lo invisible —y mucho más peligroso— fue el silencio cómplice, las risas contenidas y los comentarios en redes sociales que, en lugar de condenar al agresor, pusieron en el banquillo al agredido.
Eso dice más de nosotros como sociedad que el golpe mismo.
El periodista bueno y el periodista malo
Existe en Casanare —y en Colombia entera— un criterio muy particular para medir la calidad periodística. No se mide por el rigor de las fuentes, ni por la verificación de los datos, ni por el apego a los hechos. Se mide por a quién le duele la nota.
Si la investigación afecta al enemigo político de turno, el periodista es valiente, independiente, necesario. Un héroe sin capa. Pero si esa misma pluma toca a alguien del círculo propio, entonces el periodista es un mercenario, un vendido (lo tienen billetia´o), un instrumento del poder contrario (amarillista). El trabajo es exactamente el mismo. La metodología, idéntica. Lo que cambió fue el apellido del señalado.
Así de frágil es, para algunos, la coherencia.
Una trampa que mantiene a los periodistas eternamente en deuda con algún bando, incapaces de ejercer sin que alguien, desde alguna esquina, les cobre factura por informar.
Lo que nadie quiere admitir
La gente pide periodismo de investigación hasta que ese periodismo llega a su puerta. Exige que se denuncie la corrupción hasta que el corrupto les cae bien, les debe un favor o comparte su visión política. Entonces la denuncia se convierte en persecución, en montaje, chantaje, en guerra sucia.
Martín Mesa Paredes hacía su trabajo. Ese trabajo molestó. Y en lugar de una respuesta acorde al de un exmandatario, de un derecho de contradicción, de un recurso legal, Torres optó por la respuesta más primitiva que existe: el golpe.
Lo grave no es solo que Jhon Jairo Torres haya agredido a un periodista. Lo grave es que para una parte de la opinión pública, esa agresión fue, en el fondo, comprensible. Justificable. Hasta «merecida».
Ahí está el verdadero problema.
Hoy el periodista, ayer el cura, pasado mañana usted
Quienes celebran o minimizan esta agresión cometen un error que la historia ha demostrado fatal: creer que la violencia del poder se detiene en quien la vieron ejercer por primera vez.
No se detiene.
El mismo temperamento que levantó la mano contra un periodista es el mismo que, cuando no encuentra cámaras ni micrófonos enfrente, se descarga contra cualquier otro que se atreva a señalar, a cuestionar, a incomodar. Lo vivió el sacerdote de la ciudadela La Bendición, agredido por construir un templo para los feligreses, sino simplemente por alzar la voz desde su comunidad. Porque cuando alguien normaliza el uso de la fuerza como herramienta de respuesta, no distingue entre un periodista, un cura o un vecino que un día decide hablar de más.
La violencia contra quien informa no es el primer eslabón de una cadena. Es la señal de que esa cadena ya existe y que cualquiera puede terminar atrapado en ella.
Por eso este no es un problema del gremio periodístico. Es un problema de todos. Cuando un ciudadano aplaude la agresión contra un reportero porque ese reportero le incomoda, está firmando, sin saberlo, una autorización en blanco para que mañana ese mismo poder le llegue a su puerta.
El periodista no es su nota
Un periodista puede equivocarse. Puede tener sesgos, puede mejorar su método, puede ser cuestionado y debatido. Pero ningún error periodístico —real o supuesto— autoriza a nadie a levantar la mano contra quien informa. Ningún titular incómodo convierte la violencia en respuesta legítima.
Cuando una sociedad empieza a relativizar la agresión contra la prensa según la simpatía política que tenga hacia la víctima o hacia el agresor, esa sociedad ha empezado a normalizar el silenciamiento. Y el silenciamiento de la prensa no es el fin del periodismo: es el principio del autoritarismo.
No existe la libertad de expresión a la carta. O se defiende siempre, o no se defiende nunca.
Jhon jairo torres Jhon jairo torres Jhon jairo torres





