Columnas de opinión

EL GUILLERMO VELANDIA QUE YO CONOZCO: ENTRE LA ADMIRACIÓN Y LA DECEPCIÓN

Por: Jorge Duke Suárez

Apenas aterricé en Santa Marta me recibió en el aeropuerto Simón Bolívar doña Carmiña Escorcia. Es una señora de apariencia humilde; menuda y morena, con las arrugas y el desgaste en la piel que le habrán dejado horas bajo el sol en las protestas, manifestaciones, y mítines; con la voz ronca de andar gritando por negligencias estatales. Era el terror de los funcionarios del gobierno de Iván Duque.

Guillermo era un funcionario muy respetado a nivel nacional. En la foto dirigiendo mega obras en Cartagena.

La doña era tan incisiva que se buscó el número de un ministro y lo llamó a darle quejas de un subdirector de la UNGRD, eso sí, no se trataba de Guillermo Velandia. “¡Era una ladilla!” me lo aceptó ella en un diálogo.

Yo andaba escribiendo un libro para la Presidencia, y no entendía por qué habían pedido que me reuniera con una señora tan inquietante, seguro hablaría pestes del gobierno. Pero, me daba igual, mejor ser honestos.

Durante casi cuatro horas, entre Santa Marta y Fundación – Magdalena, su pueblo, doña Carmiña me habló de lo divino y lo humano. No se ahorró un solo epíteto contra ningún político. De hijuetantas para arriba, ‘lanzaba madres’ pero con una elegancia que no molestaba oírla.

-“Vea le digo señor Duque, al único político, funcionario o profesional al que hoy le creemos es al ingeniero Guillermo Velandia. Ese señor es la mejor persona que yo he conocido”- me dijo mirándome a los ojos y haciendo señas con las manos como quien hace un juramento de sangre.

A modo de chiste agregó -“El peor error del Ingeniero Velandia ha sido darme su número celular personal. Lo llamo todo el día, toda la noche, a la madrugada. Incluso me ha contestado <<Señora Carmiña, ya la llamo que estoy con el Presidente>>” contó con risa picarona.

Guillermo era el subdirector de la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, -injustamente vilipendiada por culpa de algunos inescrupulosos-. Allí Velandia se ganó el corazón de los líderes sociales más aguerridos de la costa; un par de veedores (incluyendo a Joaquín Villa que murió de cáncer en el 2023) que podían ‘matar un marrano a punta de cantaleta’ o tumbar un funcionario a punta de tutelas.

Carmiña Escorcia, Joaquín Villa y Guillermo. Este último solía recibir visitas de los veedores quienes le admiraban por su personalidad.

Cuando le pregunté por su relación con Guillermo, a pesar de la mala imagen de la entidad, Carmiña no vaciló en señalar que “Yo tengo carácter, no me dejo llevar por los chismes, yo primero conozco las personas y luego saco mis conclusiones. Eso habla de la madurez de uno como persona”.

Idilio

Velandia es uno de los mejores funcionarios que conozco, pero tiene un defecto enorme que termina costándole, y si no lo cambia, una carrera política exitosa no conocerá el sol de los venados o el ocaso de su labor pública vendría más temprano de lo que él mismo cree.

Conocí a Guillermo por un viejo amigo. Hicimos click de una. Me sorprendió que estuviera tan en silencio un joven de raíces orocueseñas y que había ejecutado varios billones de pesos salvándole la vida a los colombianos. Habían mil ‘carmiñas’ por todo el país. De norte a sur lo amaban porque era de palabra, o es -eso no lo sé-.

Habíamos creado una amistad muy fuerte y planeábamos ir a unas elecciones para la Gobernación de Casanare.

Velandia gozaba de buena imagen, era respetable en el país, era un tipo ejecutivo. Cargaba un cuadernillo en el que todo lo apuntaba. Tenía varias páginas en las que agendaba sancochos, cervezadas, asados y cualquier cantidad de eventos a los que lo invitaban como agradecimiento a la gestión, y lo más interesante es que asistía con fecha y hora, demostrando que le importaba la gente, -o le importa, eso ya no me consta-.

Se sabía todas las obras que tenía en el país y en qué avance estaban. Cuando una construcción no avanzaba, cogía su teléfono y con par llamadas ponía a correr a todo mundo. Inspiraba respeto, y eso que solo mide como 1.65.

Guillermo Velandia me contaba su sueño de ser gobernador. No lo había hablado con nadie.

Teníamos una relación tan cercana que, un miércoles 1 de junio del 22, faltando 15 minutos para la media noche, en el último piso de un edificio en Cartagena, me dijo “Vea Jorgito, yo quiero ser gobernador de Casanare”. Yo casi boto El trago de whisky que me tomaba.

Es que no se trataba de un imposible, él tenía todo en ese momento para lograrlo.

Lo que pasó de ahí en adelante es historia, pero basta con decir que, rompí relaciones con Alirio Barrera, quien era mi jefe en esa época, y me fui enceguecido a hacer campaña a la Gobernación de Casanare con el de naranja. Es que hasta el color y logo lo pesamos mientras viajábamos por una vía del Magdalena.

 

En mi búsqueda de aliados políticos le presenté a Alirio Barrera. Se habían hecho amigos y hasta estuvieron juntos en la posesión del hoy Senador.

También intenté acercarlo con Luis Eduardo Castro, pero el exalcalde de Yopal me dijo algo que hasta hoy me retumba en la cabeza y creo que tenía la razón. “El chino es bueno, pero le falta madurez política, le falta carácter” me dijo.

Luis Eduardo Castro tenía su propia lectura sobre él.

Debo confesar que también me llamó el hoy gobernador César Zorro. Yo estaba en Unicentro, en el Banco de Bogotá, y me entró una llamada de un viejo amigo, “Zorrito” decía mi teléfono. Le contesté con extrañeza y le devolví elogios después de oírle que me tenía en buen concepto. Me dijo “Parcerito, ayúdeme con Cucho” -como le llaman a Velandia los amigos-. Debo confesar que oí una admiración sincera de César, por lo que le dije, “llámelo usted, no tiene nada qué perder. Pero eso sí, Velandia va hasta el final y por nada del mundo se va a unir con nadie” aseguré yo muy tierno y cándido.

La decepción

Que Velandia se haya entregado y se haya unido a la campaña del Partido Verde, después de haber recogido más de 140 mil firmas no me dolió tanto como los episodios que acontecieron en adelante.

Guillermo presentó más de 140 mil firmas.

La campaña había rentado un segundo piso para trabajar, y de repente me di cuenta que el único que estaba en ese despacho era yo. De repente todos se reunían en otros lugares donde no siquiera me informaban. Es decir, estaba formalmente ‘fuera del llavero’ y yo no sabía.

Traté de buscar razones y no las hallé.

Solo atino escribir que, luego de la entrega de firmas, se había organizado un evento de dimensiones considerables en un lugar cercano a Yopal, pero fui relegado, me sentí aislado hasta por el jefe de prensa que yo mismo había acercado a la campaña y encomendado a Guillermo. Era una reunión de amigos, en la que yo ya no cabía.

De repente me vi solo pegando cenefas a los más de 200 carros que estaban en el parqueadero, bajo un sol recalcitrante de 35°, mientras el candidato y todos sus amigos celebraban y reían a carcajadas y a su vez, Alirio seguía enviando emisarios para que volviera a la casa que, decían, “siempre iba a ser mía”.

Con el tiempo me enteré que Guillermo había escuchado que “Fulanito dijo, que sultanito contó, que Sondo le dio a Borondongo y Borondongo le dio a Bernabé…” y pues él, sin mediar palabra, sin hablar conmigo, ni confirmar nada, se había desecho a rabiar del que primero levantó la mano a decir “lo dejo todo y lo sigo en su sueño idílico”.

Pensaría que esta es una crónica de opinión personal, pero, dicho por muchos de sus amigos, “hay muchas personas que le hablan e influyen en él”.

Guillermo podrá ser un tipo fantástico, bondadoso, amplio, ejecutor, inteligente y demás, pero le falta -entre otros temas- dos cosas; el carácter de doña Carmiña para no creer en chismes y la madurez política de saber a quien escuchar, justo lo que sin conocerlo mucho, dijo Luis Eduardo.

 

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